Una mente maravillosa
"Todo se paró y sólo estábamos el balón y yo. Como cuando ves una imagen a cámara lenta. Para mi fue así. Es difícil escuchar el silencio, pero en ese momento escuche el silencio y sabía que ese balón iba dentro". Así recuerda Andrés Iniesta su tanto ante Holanda en la final del Mundial 2010, el gol que terminó de convertir en leyenda a un jugador excepcional capaz de levantar de la silla a sus rivales.
El futbolista manchego regula en su cerebro los conceptos de espacio y tiempo antes de mover las botas, siempre con criterio. El pase adecuado en el momento preciso está al alcance de mentes privilegiadas como la suya, que imaginan un segundo antes que el resto lo que va a suceder después. Cuando ejecuta su idea ya es demasiado tarde para las defensas rivales.
Iniesta es un especialista en el transporte urgente en las proximidades del área. Sabe entregar el envío en las mejores condiciones, al pie o al hueco, en el menor tiempo posible y al destinatario correcto. Y todo sin ensuciarse. A su talento en el pase hay que sumarle un olfato goleador nada desdeñable. Se desliza por la hierba del área como una serpiente, camuflado a la espera del balón para inocular su veneno en las redes. Siempre escuchando el silencio antes de provocar que todas las gargantas se quiebren por su culpa.
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